
EDICIÓN N°38
1 de noviembre de 2017
2017
EDITORIAL N° 38
Este año el mundo literario de habla hispana celebra el quincuagésimo aniversario de la primera edición de “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez (Colombia, 1927-2014), premio Nobel de Literatura en 1982.
En su momento, la Revista le rindió modestísimo homenaje al escritor cuando falleciera. Durante su vida, casi diariamente, desde estas mismas páginas le brindábamos merecido culto y admiración incondicional, así que estamos tranquilos de no haber llegado tarde en el halago. ¿Por qué no ahora insistir con nuestra parcialidad, sumarnos a la movida genérica y tendenciosa de los medios y aludir también nosotros a una de las principales novelas escritas en el siglo XX en este nuevo aniversario de su primera publicación?
Cincuenta años nos trasladan y ubican en la Argentina de 1967. Presidencia del Teniente General Juan Carlos Onganía, luego de que los militares de entonces derrocaran al Dr. Arturo Illia el año anterior y se fagocitaran a aquel gobierno constitucional; por otra parte, ese mismo año y por ironías de la historia, la hija de José Stalin lograba asilo político en Estados Unidos; desde El Vaticano, el Papa Paulo VI emitía la Encíclica Populorum Progressio (un intento de búsqueda de bienestar para todos y no sólo para los que más tienen; en fin, lo de siempre); la modelo argentina Mirta Massa era coronada Miss Mundo (¿o Universo?); se producía la Guerra de los Seis Días entre israelíes y árabes; Albert Sabin, creador de la vacuna antipolio, visitaba nuestro país; moría el Che Guevara en Bolivia y Racing Club, el gran equipo de fútbol (hay otros), salía campeón intercontinental (¿mundial?) luego de vencer al Celtic en un tercer partido jugado en Montevideo y con un gol inolvidable del Chango Cárdenas (nada personal). Entre tanto, en Sudáfrica, el médico cirujano Christian Barnard realizaba el primer trasplante de corazón y conseguía fama eterna al procurar que la vida tuviera igual extensión (fracasó en este sentido).
Con anterioridad al año al que estamos haciendo breve referencia, el escritor y periodista colombiano había conseguido la publicación de otros relatos con forma de novela, mas no tan trascendentes: La hojarasca (1955), El coronel no tiene quien le escriba (1961) y La mala hora (1964).
Y fue durante ese año 1967 cuando la editorial Sudamericana, con sede en Buenos Aires, decidió publicar por primera vez “Cien años de soledad”, casi cuatrocientas páginas de un realismo mágico que hablaba de un imaginario Macondo y de las vicisitudes de una familia numerosa y bullanguera con apellido inmortal porque más que un nombre representaba el saludo optimista de generaciones enteras: Buendía. Es cierto que dependerá de la fuente que se consulte, pero puede afirmarse que se trata de una obra traducida a veinticuatro o treinta y cinco idiomas y que, hasta la fecha, llevaría vendidos más de cincuenta millones de ejemplares. Interesante.
“…Taciturno, silencioso, insensible al nuevo soplo de vitalidad que estremecía la casa, el coronel Aureliano Buendía apenas si comprendió que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad. Se levantaba a las cinco después de un sueño superficial, tomaba en la cocina su eterno tazón de café amargo, se encerraba todo el día en el taller, y a las cuatro de la tarde pasaba por el corredor arrastrando un taburete, sin fijarse siquiera en el incendio de los rosales, ni en el brillo de la hora, ni en la impavidez de Amaranta, cuya melancolía hacía un ruido de marmita perfectamente perceptible al atardecer, y se sentaba en la puerta de la calle hasta que se lo permitían los mosquitos. Alguien se atrevió alguna vez a perturbar su soledad.—¿Cómo está, coronel? —le dijo al pasar.—Aquí —contestó él—, esperando que pase mi entierro…”
“…Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder el tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado. Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”. Fin.
Así es. Cincuenta años ya de aquella primera edición.Y es un soplo la vida, ¿no te parece?
HASTA LA PRÓXIMA
La Dirección

